“¿Debo interponer una demanda?” Tres formas distintas de (in)certeza en un pleito.

abogado explicando si merece la pena demandar

Decidir si interponer una demanda genera una duda constante: ¿merece la pena el riesgo? Muchas personas posponen esta decisión esperando tener la certeza de que van a ganar. Este artículo explica por qué no hace falta saber cómo terminará el juicio para saber si conviene empezarlo.

Warren Buffett ha afirmado en numerosas ocasiones que El inversor inteligente, de Benjamin Graham, es uno de los libros que más ha influido en su manera de pensar. Y Graham, en una conferencia pronunciada en San Francisco el 15 de noviembre de 1963, formuló una observación lúcida, simple y un punto desengañada:

«En mis casi cincuenta años de experiencia en Wall Street, cada vez estoy menos seguro de lo que hará la Bolsa y más seguro de lo que deberían hacer mis clientes (inversores)».

Con frecuencia me ocurre algo parecido en el ejercicio de la abogacía. Una de las preguntas más habituales de quien acude por primera vez a un despacho es muy sencilla: ¿Usted cree que ganaré el pleito? Y la respuesta honrada rara vez satisface del todo: «No lo sé». O, por lo menos, no lo sé con la seguridad con que muchas personas esperan que un abogado responda. Después de más de treinta años viendo conflictos jurídicos de Derecho privado, mi impresión es que la experiencia no elimina la incertidumbre. Más bien enseña a convivir con ella. Y, como Graham, puedo decir con sinceridad: «Cada vez sé menos lo que finalmente decidirán los Tribunales; y más sobre lo que mi cliente debería hacer en este caso concreto».

¿Es lo mismo predecir la sentencia que decidir si demandar?

Sin embargo, aquí aparece una aparente paradoja. Aunque cada vez soy menos proclive a aventurar qué acabarán diciendo los Tribunales dentro de dos, tres o cuatro años (supongamos, al menos, una segunda instancia), sí procuro tener bastante claridad sobre una cuestión previa: si merece o no merece la pena iniciar el procedimiento. Dicho de otra manera: una cosa es predecir una sentencia (final de todo el proceso) y otra valorar si reclamar es una decisión razonable (al comenzar el proceso).

Confundir ambos planos lleva muchas veces al cliente a tomar decisiones equivocadas. Demandar puede ser razonable aunque el resultado sea incierto. Pensemos en un caso sencillo. Una persona ha sufrido unos daños valorables económicamente. Ha intentado resolver el problema de forma amistosa. Han pasado meses. La otra parte niega cualquier responsabilidad o simplemente guarda silencio. En situaciones así, muchos perjudicados se aferran a una esperanza poco realista: que el problema terminará resolviéndose solo. A veces no es el análisis lo que los detiene, sino el temor. Temor al coste del procedimiento. A los plazos. A la posibilidad de perder. Son miedos comprensibles.

Lo que ya no resulta tan razonable es olvidar el otro dato de la ecuación: si no se reclama, la pérdida ya existe y ya es segura. Naturalmente, el pleito tiene riesgos (es posible perder). Nadie los niega. Pero la pregunta correcta no suele ser si existe riesgo. La pregunta correcta es si, consideradas las probabilidades, resulta más aconsejable actuar o permanecer inmóvil (—»¿es probable que, tras la demanda, mi situación mejore?»). Éste es precisamente uno de los aspectos en que la experiencia del abogado aporta valor. No porque pueda adivinar el futuro, sino porque ha visto muchas veces situaciones parecidas y ha comprobado cómo suelen evolucionar.

Un ejemplo práctico: cuándo demandar aunque el resultado sea incierto

Pongamos un ejemplo sencillo: un cliente ha padecido unos daños valorables en 100. Interponer la demanda tiene un coste de 15 (abogado, perito, procurador, etc.). Si pierde con costas le desestimarán su demanda y además deberá pagar otros 15 (para el abogado, procurador y perito contrarios). Además de haber perdido ya 100, afronta ahora tomar una decisión en la que podría perder 30 más.

Si en este caso ganar es claramente más probable, si existe alta probabilidad de que la Sentencia conceda entre 80 y 100 (quizás, además, las costas), puede ocurrir que, nada más presentar la demanda, la parte contraria ofrezca 80. Nótese que, si el demandante acepta esos 80, ¿cuánto habría logrado limpio? Como se gastó 15 en el pleito, habrá obtenido limpios 65, dos tercios de los daños sufridos, y a las pocas semanas de presentar la demanda. Sí. Pero porque interpuso demanda: si no, no habría logrado nada.

Véase aquí un caso, no infrecuente, en el que, sin tener certeza de cómo será la Sentencia final (que en este caso no llega ni siquiera a existir), sí existe certeza acerca de que conviene demandar (aunque el coste sea de 15).

El caso concreto es incierto; la experiencia no lo es tanto.

Cada procedimiento tiene elementos imprevisibles. Aparecen pruebas nuevas. Surgen argumentos que inicialmente no se habían contemplado. Los tribunales pueden interpretar de forma distinta un mismo problema jurídico. Incluso la evolución de la jurisprudencia puede alterar las perspectivas del asunto. Todo eso es verdad. También es verdad que los abogados terminamos observando ciertas regularidades. Determinados tipos de reclamaciones, cuando concurren determinados hechos y determinadas pruebas, suelen ofrecer perspectivas razonables de éxito.

No siempre. Pero sí con suficiente frecuencia como para orientar prudentemente una decisión acerca de iniciar o no un pleito. Por eso, cuando un abogado aconseja demandar, no está afirmando que vaya a ganar. Lo que está diciendo es algo distinto: que, atendiendo a la experiencia acumulada, considera que el cliente tiene más posibilidades de mejorar su situación actuando (intentándolo) que permaneciendo pasivo.

La tercera certeza: el profesional que lleva tu caso

La sentencia no depende del abogado. Lo que sí depende de él es estudiar el asunto con rigor, preparar adecuadamente la prueba, cumplir los plazos, anticipar los argumentos de la parte contraria y defender los intereses de su cliente con diligencia. Por eso se dice que la obligación del abogado es una obligación de medios y no de resultado. Ningún profesional serio puede comprometerse a obtener una sentencia favorable. Sí puede comprometerse, en cambio, a trabajar el asunto del modo más cuidadoso posible.

Desde el punto de vista del cliente, ésta es una forma de seguridad mucho más importante de lo que parece a primera vista. La incertidumbre respecto a lo que decidirá el juez puede subsistir. Pero desaparece la incertidumbre acerca de si el asunto está siendo llevado con la atención, la preparación y el cuidado que merece.

Conclusión: tres preguntas antes de demandar

Cuando una persona se plantea acudir a los tribunales, creo que le conviene distinguir tres cuestiones diferentes:

  1. ¿Es razonable reclamar? (Tras evitar las prevenciones excesivas, los miedos por un lado; y por otro la temeridad, la precipitación).
  2. ¿Esa valoración se apoya en la experiencia y especialización del profesional?
  3. ¿Confío en el cuidado y atención, en la forma de trabajar del profesional que le asesora?

Si esas tres preguntas reciben una respuesta positiva, la incertidumbre (acerca de la Sentencia, al final) no desaparece porque no podemos eliminarla por completo. Pero convivirá con tres certezas importantes que harán recomendable el demandar, el demandar de tal modo y el demandar asesorado por tal profesional. tal modo y el demandar asesorado por tal profesional.